Desde que Menéndez Pidal decretó que la cuna de la lengua castellana estaba en San Millán de la Cogolla, en tierras de La Rioja, nadie había osado poner en tela de juicio ese dogma científico, sobre el que el Gobierno riojano construyó uno de los mayores despropósitos de la historia de la cultura española, bendecido y acérrimamente respaldado por el Estado español, por la Comunidad Iberoamericana de Naciones y hasta por la UNESCO y el Consejo de Europa. Por lo menos hasta que en el mes de Octubre del año 2002, en su impugnación ante estos Altos Organismos internacionales, Ribero-Meneses demostró el acientifismo de las tesis de Pidal, al demostrar que existen testimonios escritos que prueban irrefragablemente que la lengua castellana (y, como ella, todas las lenguas romances) existía ya hasta cinco siglos antes de que se pergeñasen las Glosas Emilianenses, supuesto primer documento escrito en lengua castellana. La impugnación de Ribero-Meneses fue escuchada, abortándose merced a ella la declaración de Patrimonio de la Humanidad que la UNESCO estaba a punto de otorgar al desnortado Camino de la Lengua inventado por el Gobierno riojano y que -olvidado hoy- discurría por una serie de poblaciones y de provincias ajenas por completo a los orígenes del castellano.